Hay películas que buscan entretener, otras que aspiran a conmover y algunas que prefieren provocar. Digger pertenece claramente al tercer grupo. La nueva película de Alejandro G. Iñárritu, protagonizada por Tom Cruise, se presenta como una sátira climática de grandes dimensiones: una historia sobre poder, petróleo, intereses políticos y la facilidad con la que quienes han contribuido a crear una crisis intentan presentarse después como sus salvadores.
La premisa es deliberadamente desmesurada. Digger Rockwell es un magnate petrolero acostumbrado a que el dinero, los contactos y la autoridad le permitan apartar cualquier obstáculo. Cuando una operación de extracción desencadena una catástrofe de alcance global, su primera reacción no es exactamente asumir responsabilidades. Como cabría esperar de alguien que ha construido su identidad sobre la idea de tener siempre la solución, intenta controlar también el relato del desastre.
A partir de ahí, Iñárritu construye una comedia negra que mira de frente a la crisis climática, la propaganda, la complicidad institucional y la obsesión contemporánea por convertir cualquier tragedia en una batalla de imagen. La película quiere ser muchas cosas a la vez: sátira política, fábula sobre la responsabilidad, espectáculo apocalíptico, reflexión sobre la verdad y comentario sobre el papel de los artistas y las historias en la forma en que entendemos el mundo.
Ese exceso forma parte de su encanto, pero también de sus problemas.
Este es su tráiler:
Mejor no saber demasiado
Hablar de Digger exige cierta prudencia. La película incluye un giro importante durante su primer tramo que modifica la forma de interpretar lo que se ha visto hasta ese momento. No se trata simplemente de una revelación diseñada para sorprender, sino de un cambio de perspectiva que explica algunas de las decisiones más exageradas de la puesta en escena y de las interpretaciones.
Por eso conviene acercarse a ella con la menor información posible. El espectador encontrará una película más teatral, extraña y conscientemente artificial de lo que su premisa inicial podría sugerir. Los decorados, los gestos, el diseño de los personajes y determinadas imágenes funcionan como pistas, aunque no siempre sea fácil saber qué están anticipando.
Sin entrar en detalles que arruinarían la experiencia, sí puede decirse que Digger no desarrolla su historia de manera convencional. Iñárritu propone una narración que juega con las apariencias y con las distintas capas de un relato. La película parece una cosa al principio, se transforma después y, en su último tramo, intenta convertir ese cambio en una reflexión más amplia sobre la manera en que fabricamos explicaciones para soportar una realidad cada vez más difícil de asumir.
El problema es que la maniobra no siempre está igual de bien integrada. Para algunos espectadores, el giro aportará profundidad y hará que muchas escenas anteriores cobren un nuevo sentido. Para otros, puede parecer una forma algo aparatosa de justificar el tono estridente de la primera parte.
Tom Cruise contra el mundo

Tom Cruise es el principal motivo para ver Digger. El actor interpreta al magnate petrolero desde la caricatura, con prótesis, gestualidad expansiva y una energía que roza constantemente el descontrol. Su personaje entra en una habitación como si ya fuese el dueño de la conversación, del edificio y del planeta entero.
La interpretación es agresiva, pomposa y, en ocasiones, deliberadamente desagradable. Cruise no intenta proteger la imagen de estrella carismática que le ha acompañado durante décadas. Aquí se permite ser ridículo, autoritario, vanidoso y moralmente repulsivo. Es una decisión arriesgada, especialmente para un actor tan asociado a héroes eficaces y figuras de acción, pero también una de las más estimulantes de la película.
Lo interesante aparece cuando esa máscara empieza a resquebrajarse. Sin revelar cómo ni por qué, Digger ofrece a Cruise la posibilidad de explorar una faceta más vulnerable y contenida. La película funciona mejor cuando deja de pedirle que grite, gesticule y domine cada plano, y le permite mostrar algo parecido a la fragilidad.
Esa combinación de fanfarronería y humanidad convierte a Cruise en el centro de gravedad de la cinta. Incluso cuando el guion se excede, su presencia mantiene la atención. Es una actuación diseñada para dividir al público, pero también una de las más singulares de su carrera reciente.
El reparto secundario está formado por intérpretes capaces de seguirle el ritmo: Riz Ahmed aporta una necesaria dosis de lucidez y contención; John Goodman encaja con precisión en la caricatura del poder político; Jesse Plemons trabaja desde una sobriedad muy eficaz; y Sandra Hüller y Sophie Wilde encuentran momentos de fricción interesantes frente al protagonista. Sin embargo, muchos personajes están más cerca de representar ideas que de desarrollarse como personas completas.
Una sátira demasiado enfadada
La gran contradicción de Digger está en su humor. La película tiene una mirada satírica muy clara, pero no siempre consigue que sus escenas sean divertidas. Su tono es estridente, abrasivo y enfadado; en ocasiones, también ingenioso. Pero la risa no llega con la regularidad que parece exigir una propuesta tan cercana a la comedia negra.
Iñárritu apunta hacia objetivos evidentes: los magnates que privatizan los beneficios y socializan las consecuencias, los gobiernos que convierten la gestión de una emergencia en una operación de comunicación, la retórica vacía de quienes hablan de sacrificios mientras protegen sus privilegios y la tendencia a responder a problemas complejos con soluciones tan espectaculares como irresponsables.
El problema no es que el mensaje sea demasiado directo. La sátira puede ser frontal y seguir funcionando. El problema es que Digger insiste demasiado en cada una de sus ideas. En vez de confiar en que el espectador comprenda la ironía, subraya sus conclusiones, eleva el volumen y repite la broma desde distintos ángulos.
El resultado es irregular. Hay momentos en los que la exageración encaja a la perfección con la historia y otros en los que la película parece más satisfecha con su propia ocurrencia que interesada en sus personajes. De ahí nace la división entre quienes encontrarán en ella una sátira rabiosa y quienes solo verán una obra grandilocuente que confunde intensidad con profundidad.
El espectáculo de una película imperfecta

En el apartado visual, Digger está muy por encima de la mayoría de sus problemas. La colaboración entre Iñárritu, el director de fotografía Emmanuel Lubezki y el equipo de diseño de producción crea un mundo amplio, sofisticado y ligeramente deformado. Los espacios tienen una cualidad casi teatral, como si la realidad hubiese sido reconstruida dentro de un escenario demasiado grande para contenerla.
La película apuesta por una estética monumental, con decorados cargados de detalles, composiciones de gran formato y una atmósfera que oscila entre lo lujoso, lo inquietante y lo absurdo. Hay imágenes poderosas y decisiones visuales que hacen que Digger resulte reconocible desde el primer minuto. Incluso cuando el discurso se vuelve pesado, la puesta en escena conserva una personalidad muy marcada.
También hay una ambición poco habitual en una producción de estudio. Digger no parece diseñada para agradar a todo el mundo ni para ofrecer una experiencia cómoda. Su duración, su tono y su estructura pueden resultar exigentes, pero al menos nacen de una voluntad clara de hacer algo diferente.
Eso no convierte automáticamente sus excesos en virtudes. La película tiene ideas suficientes para varias historias y no siempre sabe cuál debe ocupar el centro. La crisis climática, la corrupción política, la responsabilidad empresarial, la verdad, la propaganda y el papel del arte compiten entre sí por el protagonismo. Algunas líneas temáticas quedan sugeridas con inteligencia; otras aparecen como declaraciones demasiado solemnes.
¿Merece la pena?
Digger no es una película fácil de recomendar sin matices. No es una comedia convencional, aunque utiliza constantemente recursos cómicos. Tampoco es un thriller de catástrofes al uso, pese a que parte de una amenaza capaz de afectar a millones de personas. Y aunque sus protagonistas hablan de asuntos muy concretos, la película está más interesada en lo que representan que en construir un drama naturalista.
Quien espere una nueva película de acción de Tom Cruise puede salir desconcertado. Aquí no está el héroe que corre hacia el peligro para salvar a los demás, sino un hombre poderoso que intenta controlar las consecuencias de sus decisiones y, sobre todo, conservar el control de la historia que los demás cuentan sobre él.
Para disfrutarla conviene aceptar su carácter teatral, sus cambios de tono y su tendencia a llevar cada idea hasta el límite. También conviene saber que algunas de sus mejores cualidades —la valentía, la ambición, la energía visual y la interpretación de Cruise— están inseparablemente unidas a sus defectos: la falta de sutileza, la reiteración y una cierta autosatisfacción autoral.
Digger es más fácil de admirar que de querer. No siempre acierta con la sátira, no desarrolla todas sus ideas con la misma solvencia y en algunos momentos parece demasiado consciente de su propia importancia. Pero su fracaso, cuando aparece, es el resultado de haber intentado algo grande, extraño y abiertamente incómodo.
No es una película para todo el mundo. Precisamente por eso, y porque no se parece demasiado a lo que su campaña podría hacer esperar, merece llegar a las salas con la menor cantidad de spoilers posible.
Digger llega a los cines el 2 de octubre de 2026.
Una sátira climática tan ambiciosa como irregular, sostenida por un desatado Tom Cruise y una puesta en escena imponente. Digger no siempre consigue ser divertida ni equilibrar todas sus ideas, pero su mezcla de comedia negra, espectáculo y reflexión sobre el poder resulta difícil de ignorar.





